Miqueas Thärigen: de cadete a empresario del icónico Barolo en Buenos Aires

Lo que comenzó como una manera de pagar su alquiler, se convirtió en un emprendimiento familiar que recibe miles de turistas al mes y contribuye a reducir un 40% las expensas de un edificio de más de 100 años en el centro porteño

Miqueas Thärigen: de cadete a empresario del icónico Barolo en Buenos Aires

MIQUEAS THÄRIGEN, EL “GUARDIÁN” DEL BAROLO: DE CADETE A EMPRENDEDOR

Empezó como cadete y creó un negocio que ayuda a mantener uno de los edificios porteños más icónicos. Lo que comenzó como una manera de pagar su alquiler se convirtió en un emprendimiento familiar que recibe miles de turistas al mes y contribuye a reducir un 40% las expensas de un edificio de más de 100 años en el centro porteño.

El Palacio Barolo fue inaugurado el 7 de julio de 1923 y es uno de los edificios más emblemáticos de la Avenida de Mayo. Pasar por sus puertas de vidrio es como viajar en el tiempo; esa es la sensación que uno tiene al ingresar al Barolo, un icónico edificio del microcentro porteño que, por un momento, hace que el ruido y el movimiento de la Buenos Aires del 2026 queden atrás. Los pisos, techos, antiguos ascensores y cada detalle de su arquitectura parecen conservar algo de aquella ciudad de principios del siglo XX.

Es casi inevitable imaginar hombres de traje y sombrero, mujeres con polleras largas, bastones y maletines. Hay algo que tienen los edificios icónicos porteños, una mezcla de nostalgia, elegancia, misterio y ese “no sé qué” difícil de explicar. El Barolo, inaugurado en 1923, es uno de los mejores ejemplos. Referente de la arquitectura ecléctica latinoamericana, con características del Neogótico y el Art Nouveau, convive con modernas técnicas de construcción y reminiscencias de la arquitectura de la India.

Con 100 metros de altura, el Palacio Barolo fue diseñado por Mario Palanti e inspirado en La Divina Comedia de Dante Alighieri. El edificio fue concebido originalmente para albergar oficinas, una función que conserva más de un siglo después. Sin embargo, hubo una época en la que los turistas se detenían sobre la Avenida de Mayo, levantaban la mirada para contemplar sus 100 metros de altura y seguían de largo, hasta que, en 2004, un joven estudiante de Medicina tuvo una idea que cambiaría su historia.

Miqueas Thärigen, quien llegó desde Mar del Plata para estudiar en la Universidad de Buenos Aires, comenzó a trabajar como cadete en el Barolo gracias a su tío, el administrador del edificio. Pero el salario no le alcanzaba para pagar el alquiler. Un día, mientras observaba a los turistas que se detenían frente a la fachada, se hizo una pregunta: “¿Qué pasa si subimos gente al faro para conocer el edificio?” Hoy, 22 años después, el emprendimiento que comparte con su hermano Tomás recibe miles de visitantes y reduce las expensas del consorcio.

Los hermanos Thärigen llevan más de dos décadas desarrollando actividades turísticas y culturales dentro del Palacio Barolo. La historia de los hermanos Thärigen con el Palacio Barolo comenzó mucho antes. Su bisabuelo, Carlos Jorio, fue uno de los primeros en instalar su estudio contable en el edificio durante la década de 1920. “Mi bisabuelo tenía su escritorio aquí desde 1926. Después mi tío empezó a administrar el Palacio y nosotros, desde chicos, estuvimos vinculados con el edificio”, recuerda Miqueas.

Las primeras visitas comenzaron a realizarse los lunes y jueves, ya que Miqueas cursaba los demás días. “Muchas veces salía personalmente a repartir folletos en la calle para invitar a la gente a conocer el edificio. También mandaba mails a las agencias de turismo, porque en 2004 no había todas las herramientas que tenemos hoy”, explica.

“Sentimos que recibimos por parte de nuestra familia un espacio para explotar y que es nuestra responsabilidad conservarlo”, reflexiona Tomás. Desde el principio, la intención fue que quienes ingresaran al Barolo no se limitaran a subir hasta el faro y retirar. Querían que la experiencia comenzara desde la planta baja, donde cada rincón del edificio sirviera para contar una parte de su historia.

El recorrido simbólico por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de Dante Alighieri está representado arquitectónicamente en el Palacio Barolo. La planta baja representa el Infierno, mientras que a medida que se asciende, la arquitectura acompaña ese viaje hasta llegar al faro, que simboliza el Paraíso.

Las visitas guiadas reciben alrededor de 4200 personas por mes y se realizan todos los días del año. Conservar un edificio de estas características no es sencillo ni barato. El Palacio Barolo recibe hoy aproximadamente 4200 personas mensuales a través de sus visitas guiadas, que incluyen recorridos diurnos, nocturnos y experiencias especiales.

Sin embargo, detrás de la experiencia turística, también existe una historia económica particular. El Barolo es un inmueble privado, con propietarios, oficinas, administración y un consorcio que debe afrontar los gastos de mantenimiento de una construcción centenaria. Según los hermanos, el aporte económico de la actividad permite reducir las expensas del edificio aproximadamente un 40%, aunque el porcentaje varía.

Todo lo que la gente conoce sobre el Barolo genera más interés en alquilar una oficina aquí. El siguiente gran paso en la historia de los hermanos llegó con la incorporación de un bar en el rooftop del edificio. La idea surgió al observar que a los visitantes les encantaba terminar los recorridos tomando una copa de vino mientras contemplaban Buenos Aires desde las alturas. Así nació el Salón 1923, que abrió sus puertas en 2019 y lleva el nombre del año de inauguración del palacio.

“Sentimos que cumplimos el sueño de Palanti”, dice Miqueas. El rooftop recupera la estética de los años 20 a través de su ambientación Art Déco.

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