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La construcción conocida como “La Casa de las Burbujas” de Lenox Hill, en el Upper East Side, encontró comprador, pero amenazan con hacer desaparecer su característica fachada.
13 de septiembre de 2026
EL PAÍS Escuchar nota Agregar LA NACION en La Bubble House, así bautizada por sus perplejos vecinos, es una clásica townhouse neoyorquina con un diseño ultramoderno. 
La casa de las burbujas ya tiene comprador. Por desgracia, los nuevos propietarios no parecen muy dispuestos a conservar intacta su peculiar fachada, el detalle que la convierte en única. Adriane Quinlan, redactora de la revista neoyorquina Curbed, contactó con ellos para preguntar cuáles eran sus intenciones al respecto y recibió una respuesta muy poco alentadora: “Aún no tomamos una decisión”.
Richard Prestfelder, el promotor inmobiliario que gestionó la venta del inmueble, situado en el número 251 de la calle 71 Este, lo tiene claro: es más que probable que decidan reformarla “por completo”, sin peajes ni escrúpulos. Después de todo, acaban de invertir US$4.990.000 en la adquisición de una propiedad de 500 metros cuadrados en el corazón del Upper East Side de Manhattan, en el cada vez más gentrificado barrio de Lenox Hill. Su prioridad es, previsiblemente, realizar una remodelación en profundidad, adaptarla al estilo de los brownstones (los clásicos edificios neoyorquinos de arenisca rojiza) circundantes y alquilar sus cuatro plantas y su sótano al mejor postor.
En ese contexto, las cuatro hileras de ventanas ovales en relieve que adornan su fachada de estuco rosado resultan más un engorro que un aliciente. En opinión de Prestfelder, la casa es “demasiado singular”, un último reducto del modernismo tardío y la vanguardia pop en el mucho más convencional entorno de Lenox Hill. Además, presenta problemas prácticos como lo difícil que resulta evitar que los cristales convexos de sus ventanas se llenen de insectos en verano.
Entrevistado por el New York Post semanas antes de que se cerrase la venta, Prestfelder destacaba que se trata de un edificio que llama mucho la atención, “uno de los pocos que hacen que la gente se decida a acercarse a él y llamar a la puerta para ver si les permiten echar un vistazo al interior, algo muy poco frecuente en Nueva York”. A esas alturas, el vendedor consideraba aún que la curiosa estética de la propiedad era un activo del que sacar partido.
Las fotografías de la casa durante su renovación en 1969 aparecieron en la revista ‘New York Magazine’.
En su opinión, las burbujas de la fachada convertían el inmueble en una propiedad idónea “para compradores informados, que valoran la historia, el diseño y la individualidad”. Incluso reconocía que los US$5,75 millones que pedían por ella incluían un pequeño plus “de excelencia arquitectónica” que, a fin de cuentas, nadie se mostró dispuesto a pagar. Prestfelder concluye, tras cerrar la operación a un precio inferior al previsto, que una cosa es que capte tu atención un edificio con tanta personalidad que destaca a simple vista del resto y otra muy distinta estar dispuesto a vivir en él.
Uno de los que sí estuvieron a punto de morder el anzuelo fue toda una estrella de la NBA, Jaylen Brown, escolta de los Boston Celtics. Brown, un hombre cuyo salario anual supera los US$50 millones, se interesó por el inmueble al comprobar que sus ventanas (que a Adriane Quinlan le hacen pensar, además de en burbujas y retinas, “en las escotillas de un yate”) se parecen muchísimo a uno de los elementos del logo de la marca de zapatillas deportivas que lleva su nombre. Una feliz coincidencia que no fue suficiente. El jugador de básquet fue uno de los pocos compradores potenciales que mostraron su intención de dejar la fachada intacta, pero en última instancia no se decidió a acudir al rescate y comprar la Bubble House.
Llegado este punto, las probabilidades de que el edificio preserve su identidad resultan muy escasas. No forma parte de la lista de edificios protegidos por su valor histórico, cultural y estético y ninguna normativa municipal lo protege. Es más, los expertos no se ponen del todo de acuerdo sobre si en realidad merece o no ser preservado.
La arquitecta y bloguera Helena Ariza parece pensar que sí, pero las palabras que dedica al edificio suenan casi condescendientes. Lo valora como una excentricidad llamativa (“un fotomontaje inspirado en una acuarela futurista de los años 60”), un intruso en un vecindario que no destaca por su singularidad arquitectónica. Poco más.
HIJA DE UN DIOS MENOR
En realidad, la Bubble House nunca tuvo muy buena prensa. Aunque los blogs de arquitectura y viajes o los perfiles de Instagram le dieron una cierta visibilidad en los últimos años, el edificio pasó bastante desapercibido en sus más de 150 años de historia.
De hecho, su primer siglo de existencia resultó muy poco lustroso. El 251 de la calle 71 Este formó parte en 1865 de la primera hornada de brownstones y townhouses de Lenox Hill, un barrio en estado de urbanización incipiente. Las granjas del por entonces extremo norte de Madison Avenue empezaban a ser sustituidas por hileras de edificios de estilo “italiano” junto a las vías de la línea de ferrocarril de Harlem y el antiguo Hospital Alemán, y la futura Bubble House no fue más que uno de ellos, virtualmente idéntico a los demás. Uno de sus primeros residentes fue un tal William G. French, reverendo episcopaliano, un hombre que ejercía de “misionero” de su fe entre las colonias de trabajadores, en su mayoría inmigrantes europeos, que se estaban estableciendo en la zona.
El punto de inflexión que situaría el edificio en el mapa llegaría ya en la década de 1960. Lo explica en su bitácora digital el historiador residente en Nueva York Tom Miller, uno de los que sí que creen que la fachada debería ser preservada. En 1961, un agente inmobiliario adquirió el inmueble y lo convirtió en un edificio de departamentos. Años después, ya en 1969, en un intento de revalorizar la propiedad y adaptarla al vecindario de alto standing en que empezaba a convertirse el Upper East Side, encargó una reforma integral al estudio de arquitectura Hills & Metcalfe, con sede un poco más al sur de Madison.
Así se ve el interior de uno de los apartamentos, renovados en los años sesenta. 
Maurice Metcalfe, uno de los dos socios de la firma, se tomó muy en serio la exhortación del propietario a hacer algo “creativo” y propuso, según Miller, un edificio “acorde con la era espacial”. En julio de 1969 se produjo la llegada a la Luna de la primera expedición tripulada de la historia desatando una intensa fiebre astronáutica en todo el mundo. Metcalfe quiso rendir un humilde pero vistoso homenaje a la estética de la NASA con su fachada de estuco y cristal y sus escotillas entre galácticas y acuáticas.
Para Miller, aquello vino a ser como el aparatoso aterrizaje en Lenox Hill de una de las naves espac