Construcción en los bosques de Palermo: un oasis urbano en la ciudad

Un espacio de 5700 metros cuadrados volvió a integrarse al tejido urbano; la historia de una recuperación patrimonial en el corazón de los bosques de Palermo

Construcción en los bosques de Palermo: un oasis urbano en la ciudad

La construcción en medio de los bosques de Palermo que se convirtió en un oasis en la ciudad

Un espacio de 5700 metros cuadrados volvió a integrarse al tejido urbano; la historia de una recuperación patrimonial en el corazón de los bosques de Palermo.

*26 de junio de 2026*
*07:09*
*Tiempo de lectura: 7 minutos*

Casa Futuro combina gastronomía, programación cultural, huerta educativa y espacios para el encuentro, todo integrado al paisaje.

Durante décadas, el predio de Andrés Bello 5950, en Palermo, fue el Hostal del Lago -también conocido como Hostal del Ciervo-, un restaurante y salón de fiestas concesionado por la Municipalidad que ocupaba casi una hectárea del Parque Tres de Febrero, a orillas del Lago Regatas.

El lugar, de 5700 metros cuadrados, formaba parte del sistema de parques que Carlos Thays diseñó a fines del siglo XIX, y sus estructuras de hierro y vidrio respondían a la lógica funcional de esa época: no eran ornamentales, sino espacios de experimentación botánica integrados al gran sistema verde de la ciudad.

La concesión del hostal venció en mayo de 1989 y el predio quedó librado a su suerte durante más de tres décadas; hasta que hace tres años, el gobierno porteño llamó a licitación para iniciar su recuperación.

Agustín Schlesinger -emprendedor y director creativo de la multiplataforma Avant Garten- llevaba años trabajando en regeneración urbana, en la puesta en valor de monumentos históricos y espacios abandonados de la Ciudad. Un día, recorriendo los bosques de Palermo, ese predio le llamó la atención. Le impactó lo que encontró al entrar por primera vez.

“El abandono era total. No era solo un lugar deteriorado, era un espacio completamente desarmado en términos de uso. Había techos rotos, vegetación crecida sin control, zonas que directamente no se podían transitar,” recuerda Schlesinger. “Pero además aparecían cosas bastante insólitas: chatarra acumulada, estructuras en desuso, camiones de bomberos viejos, herramientas oxidadas, incluso la proa de un barco abandonado. Más que un espacio para habitar, parecía un depósito olvidado.”

El lugar formaba parte del sistema de parques que Carlos Thays diseñó a fines del siglo XIX.

Schlesinger y su equipo se presentaron a la licitación y fueron seleccionados. Así, lo que hasta entonces había sido una idea vaga tomó forma concreta. Casa Futuro es el proyecto con el que ganaron: una propuesta que combinaba gastronomía de productores locales, programación cultural, huerta educativa y espacios para el encuentro, todo integrado al paisaje del parque. “Había una idea de armar un proyecto propio, un espacio donde distintas disciplinas pudieran convivir y donde pasaran cosas que nos representaran. Con el tiempo fue madurando y encontrando su forma,” dice Schlesinger.

La obra: restaurar sin borrar

La intervención implicó más de un año de obra integral. Se renovó el tendido eléctrico y pluvial, se repararon todas las carpinterías de hierro, se incorporaron revestimientos de madera de laurel, iluminación LED y aislamiento acústico y térmico con celulosa vegetal. También se construyeron terrazas tipo deck y gradas. Pero el criterio rector no fue reemplazar sino recuperar: el casco del edificio se conservó en su totalidad, y el invernadero -con los vidrios rotos y los materiales en mal estado- fue restaurado en lugar de ser demolido.

“El proceso fue un trabajo casi artesanal,” describe Schlesinger. Había partes muy dañadas donde prácticamente hubo que reconstruir desde cero, siempre intentando mantener el concepto original. En otros sectores, el trabajo fue más de oficio: limpiar, restaurar, recuperar materiales existentes y devolverles funcionalidad. A esto se sumó la complejidad de adaptar el lugar a una dinámica actual sin perder su carácter. “Hoy el espacio tiene que convivir con circulación constante de gente y distintas actividades en simultáneo, y todo eso requiere una infraestructura técnica importante. Integrar iluminación, sonido, energía y servicios sin que eso rompa la estética ni la esencia del lugar fue un trabajo muy fino, casi un rompecabezas,” admite.

El diseño del espacio exterior partió de un diagnóstico claro. “Lo primero que entendimos fue que no había circulación. No existía un recorrido posible. El espacio no te invitaba ni a quedarte ni a moverte dentro de él. Estaba completamente bloqueado en ese sentido,” recuerda Schlesinger. La respuesta fue paisajística: más de 4200 especies entre nativas y adaptadas, pensadas para construir senderos, generar distintas escalas y crear situaciones dentro del predio. Huertas, área de compostaje, un mercado orgánico, un beer garden, una cocina al aire libre y un sector para observar el lago. “Había un desafío claro: lograr que, aun con mucha gente, el lugar no se sienta masivo. Poder generar rincones, momentos más íntimos, sectores donde cada uno encuentre su lugar dentro del recorrido,” añade.

La elección de plantas nativas no fue una decisión estética. “Si estás en medio de un sistema de parques histórico, lo más lógico es usar las plantas que pertenecen a ese ecosistema. No tenía sentido traer especies de afuera que no tuvieran nada que ver con nuestro suelo. Usar plantas nativas ayuda a recuperar la biodiversidad, atrae mariposas, pájaros y hace que el lugar sea más resiliente.”

Un modelo dentro del parque

Intervenir en el sistema de Thays implica una negociación permanente con el entorno, con la historia y con los organismos de gestión del espacio público. “Recuperar un espacio dentro del sistema de parques de Thays no es algo que se resuelve solo desde el diseño o la obra,” reconoce Schlesinger. “Es una conversación constante con el contexto y con una historia que ya estaba mucho antes que nosotros. Hubo muchas instancias de revisión, de adaptación, de ajustar ideas.” La decisión fue clara desde el inicio: “Entender que el parque es el protagonista y que el proyecto Casa Futuro tiene que funcionar como una pieza dentro de ese ecosistema, no como algo que compite o sobresale.”

Hoy, el proyecto articula un ecosistema de productores y emprendedores como Corte (carnicería, parrilla y charcutería), ÖSS Kaffe (café de especialidad), Atelier Fuerza (panadería de masa madre), Enófilo (vinoteca con foco en pequeños productores), Francisca del Fuego (pizza al horno de barro), Don Pacho (tomates reliquia y hortalizas agroecológicas) y La Tandilera (huevos pastoriles). El criterio de selección es coherente con el espíritu del lugar: trazabilidad, oficio, producción responsable.

La dimensión pedagógica está presente en la programación cotidiana -talleres, clases de yoga, cine, música en vivo, encuentros con la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA- y en la huerta educativa, gestionada junto a Germinar, una ONG de educación ambiental.

El espacio ha sido sede también del TEDx Río de la Plata. La reacción de los vecinos, dice Schlesinger, superó las expectativas. “Al principio hubo mucha curiosidad y también algunas dudas, lo cual es lógico después de tantos años de ver el lugar cerrado. Pero, con el tiempo, esa distancia se transformó en apropiación. Los vecinos del lago ahora usan el espacio como una extensión de su paseo habitual,” asegura Schlesinger. “Vienen después de correr, de andar en bici o simplemente a pasar la tarde con los chicos. Ver que el vecino incorpora a Casa Futuro en su vida cotidiana es el mejor indicador de que el proyecto funciona. Nos convertimos en un punto de encuentro para distintas generaciones, familias y amigos, y eso es impagable.”

Fuente: Soledad Vallejos
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