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ANALIZAR EL ESTILO Y EL NIVEL TÉCNICO DEL PROFESIONAL SON FUNDAMENTALES AL MOMENTO DE LA ELECCIÓN
*29 de enero de 2026 – 18:02*
A la hora de encarar una reforma en el hogar, hay muchas cuestiones a tener en cuenta. “Demasiadas”, pensarán seguramente quienes no tienen gran experiencia en estas lides. Una de ellas, muchas veces minimizada frente al gran maremágnum de tareas, es la elección del interiorista.
Según la arquitecta Samantha Kuperschmit, de Kuperdesign Construcciones, es importante considerar tres cuestiones principales alrededor del interiorismo de la reforma: el estilo y el nivel técnico del profesional, tener claro qué se quiere transformar y el presupuesto disponible. Estos ejes funcionan como una brújula inicial que ordena expectativas, evita malentendidos y permite que el proceso avance con mayor fluidez.
“A veces hay un interiorista que tiene un estilo romántico o maximalista y de repente el del cliente es minimalista. Entonces te va a hacer propuestas que no te van a gustar”, dice la arquitecta Kuperschmit. El primer filtro, según Samantha, siempre es estético. “Una de las cosas más importantes a la hora de arrancar una reforma es tener en claro cuál es el estilo del interiorista y que este coincida con lo que el cliente quiere”, explica. La falta de coincidencia puede generar tensiones desde el inicio: “A veces hay un interiorista que tiene un estilo romántico o maximalista y de repente el del cliente es minimalista. Entonces te va a hacer propuestas que no te van a gustar”. Por eso recomienda revisar cómo diseña cada profesional, qué colores usa, qué materiales prefiere y cuál es su sello personal, porque esa impronta será la que termine dominando la casa.
También es clave evaluar el nivel técnico del interiorista, pues no todos tienen la misma formación ni el mismo alcance, y eso puede volverse crítico en una obra. Kuperschmit lo resume así: “Generalmente, el que va hacia el lado del diseño no sabe de obra ni de tecnicismos, pero sí sabe de creatividad. Es como un artista”. El problema aparece cuando ese artista no tiene la capacidad constructiva para materializar lo que imagina. “Lo interesante, cuando vas a encarar una reforma, es que ese artista sepa cómo desarrollar ese arte que quiere hacer. Eso es lo más complejo de todo”, complementa. En este sentido, también es importante que el interiorista pueda trabajar en equipo desde el inicio, para evitar errores que obliguen a romper y rehacer.
Un segundo eje a considerar, más vinculado al cliente que al profesional contratado, es la claridad de lo que se quiere hacer. Saber qué uso tendrá cada ambiente y qué preferencias son innegociables ayuda a orientar el diseño y evita sorpresas. “Si uno no tiene claro que una habitación, por ejemplo, la quiere transformar en escritorio, el interiorista puede rumbear para otro lado”, señala. Para quienes disfrutan del diseño, llevar referencias o marcar límites concretos —“yo no quiero color azul”— reduce riesgos y acelera decisiones.
El presupuesto, aunque muchas veces se define tarde, debería estar presente desde el inicio. “Para mí la clave es decir ‘yo quiero gastar esto’. Y entonces vos podés adaptar el diseño a lo que querés gastar”, afirma Kuperschmit. La falta de un número orientativo complica el proceso creativo y puede llevar a propuestas inviables. Por eso también es importante que el interiorista tenga criterio económico: “Si no sabe cuánto cuesta trabajar con una marmolería, difícilmente pueda hacer algo que a vos te resulte útil”.
Finalmente, Kuperschmit recuerda que toda reforma implica imprevistos. No se trata de mala praxis, sino de la naturaleza misma de intervenir en estructuras existentes. “El arquitecto o el interiorista no tiene la bola de cristal y no sabe qué es lo que hay dentro de la pared”, advierte. Instalaciones antiguas, desniveles inexplicables o soluciones improvisadas de reformas anteriores pueden aparecer en cualquier momento. “El cliente tiene que estar dispuesto a que de repente pasen cosas”, resume.
Con estos tres ejes claros —estética y técnica del interiorista, definición del proyecto y presupuesto—, el proceso se vuelve más previsible y las sorpresas, aunque inevitables, se vuelven manejables. A partir de ahí, la reforma deja de ser un salto al vacío y se convierte en un proyecto posible.
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